Liderazgo positivo vs ambiente hostil

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Mar 31, 2025

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Soldier in a huge war launching a granade. Wide angle perspetive photo.  Concept art 3D. Image for a blog post.
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Opinion

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¿De verdad es tan difícil crear y vivir en un entorno armonioso?

En las mesas redondas, donde se discuten márgenes de ganancia, fusiones y proyecciones trimestrales, hay un tema que rara vez aparece en las presentaciones de PowerPoint pero que determina el éxito de todo lo demás: el ambiente laboral. Mientras los C-Levels se enfocan en métricas de crecimiento, suele pasarse por alto que un equipo desmotivado, un departamento envenenado por rumores o una cultura de miedo pueden erosionar incluso la estrategia más brillante. La hostilidad no es solo un problema de Recursos Humanos; es un riesgo financiero, legal y reputacional que los líderes máximos deben abordar con la misma urgencia que una caída en las acciones.

Pensemos en una startup que escala rápidamente gracias a un CEO carismático pero volátil, cuyos arrebatos públicos son legendarios. Los empleados aprenden a caminar de puntillas, a callar ideas por miedo a represalias y a priorizar la supervivencia sobre la innovación. A corto plazo, los números pueden impresionar. Pero ¿qué ocurre cuando los talentos clave empiezan a huir? ¿Cuándo un empleado demanda a la empresa por acoso? ¿O cuando el burnout colectivo frena la productividad? De pronto, ese crecimiento acelerado se convierte en una caída libre, y el CEO se pregunta cómo no vio las señales. La respuesta es simple: la hostilidad es un veneno de efecto retardado.

Los ambientes tóxicos no siempre se construyen con gritos o discriminación obvia. Debemos de decir basta a políticas que premian el individualismo feroz, jefes que usan el sarcasmo como arma o reuniones donde se ridiculizan las ideas "ingenuas". Pequeños gestos que, acumulados, generan una cultura donde el miedo sustituye a la confianza. Y aquí está el dato que debería quitar el sueño a cualquier directivo: según un estudio de Gallup, los equipos en entornos hostiles son un 50% menos productivos y tienen una rotación hasta 3 veces mayor. En otras palabras, la toxicidad no es un gasto operativo; es un agujero negro que devora talento, creatividad y, finalmente, utilidades.

Pero el verdadero peligro para los C-Levels no son solo las pérdidas económicas. Es la desconexión entre su percepción y la realidad. Mientras ellos celebran una "cultura de alto rendimiento", los empleados la describen como una olla a presión. ¿Cómo puede ser? Porque la hostilidad se disfraza de "exigencia", el desprecio de "franqueza" y la sobrecarga de "oportunidad". Y en este teatro, los líderes son los últimos en enterarse de que el escenario está en llamas.

No se trata de convertir la oficina en una guardería donde todos reciben medallas de participación. Se trata de entender que el respeto no es lo opuesto a la ambición, sino su combustible. Las empresas más innovadoras de esta década no tienen paredes forradas de eslóganes motivacionales; tienen líderes que escuchan, que admiten errores y que protegen a sus equipos de la politiquería interna. Porque cuando los empleados no gastan energía en protegerse de sus colegas o jefes, pueden invertirla en resolver problemas, crear valor y, sí, generar ganancias.

La próxima vez que un C-Level revise las métricas de su empresa, debería añadir una pregunta incómoda a su lista: ¿Qué porcentaje del potencial de mi equipo se pierde en navegar esta cultura?. La respuesta podría ser la clave para evitar que el próximo informe trimestral sea otro ejercicio de justificar lo injustificable. Al fin y al cabo, incluso el barco más rápido se hunde si el casco está podrido por dentro.


© 2022 Carlos López. All Rights reserved.

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